Autor: Pablo Gracida.

La luz de una pequeña veladora es todo lo que tengo para alumbrar el enorme vacío que has dejado aquí. Mis ojos parecieran inservibles, vive en ellos una mirada apagada que no se permite ver más allá de la terrible oscuridad con la que me encuentro, sobre todo, noche con noche. El frío viento saluda por las ventanas que me han costado volver a abrir un poco, me quedé con la sensación de intentar mantener este lugar con la temperatura que más te favorecía en aquellos últimos días. El girasol se ha marchitado, pero no tardé ni un día en colocar uno nuevo que anunciara que aquí nadie va a olvidarte, y que ahora te veré en todos y cada uno de ellos.

Mis creencias espirituales me aseguran que es normal seguir sintiéndote aquí en todo momento. Me acompañas de una manera tan diferente, pero ahora siento una conexión muy especial incluso con la pequeña flama que no deja de bailar con su naturaleza. El ligero resplandor que emana aquella vela invade el rincón que he destinado para tu recuerdo. Rebota en las paredes una frágil luz que hace crecer la sombra de tu nuevo hogar tan pequeño –de madera– que resguarda todo lo que alguna vez fuiste estando aquí.

¿Te agrada la fotografía que he elegido para recordarte? Discúlpame si las lágrimas invaden mi rostro al verla, pero te veías tan resplandeciente, aún no logro comprender cómo es que nunca vi venir el final. Te mirabas tan bien, no era posible que tanta belleza brillara en ti. Qué sorpresa ha sido la lucha de tratar de recordarte siendo muy feliz, de verdad perdóname porque las memorias que más me lastiman son aquellas que probablemente no son las más correctas para recordarte. Pero no quiero olvidar ningún mínimo detalle de nuestra última noche, por muy difícil que haya sido.

No entiendo de fenómenos científicos, y lo más probable es que exista una sencilla explicación que, siendo sincero, no me ha interesado mucho tomar en cuenta. Pero de pronto veo crecer esa flama a un costado de ti, luego vuelve a su diminuto tamaño, para posteriormente verla engrandecer, tintinea todo el tiempo y luego llega una enorme calma, y se queda ahí, tan tranquila como si observara todo lo que provoca en mí al ver sus reacciones. Me gusta creer que tienes una manera muy sincera de comunicarte y de hacerme saber que estás muy bien, porque así eras tú, llenando de luz cada rincón y brillando en cualquier espacio que tuviera la dicha de tenerte presente.

Estás aquí, en cada sombra y en cada luz, en cada sonido del día y de la noche, en todo aquello que puedo alcanzar a contemplar en esta fría oscuridad que poco a poco va mostrándose más amena. No sé si sea porque ya está desapareciendo, o es sólo mi mirada la que ya se está acostumbrando. Pero aunque todavía no alcance a ver a unos metros delante de mí, haces que todo luzca tan tranquilo, como si quisieras llevarle a mi alma el sentimiento de hacerme saber que todo va a pasar, y que pronto dejará de doler tanto tu partida. Discúlpame, es sólo que siento que aún no es el momento de imaginarme una vida bella sin ti.

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