UN DELICIOSO PLATILLO
(Relato de terror)

Autor: Neverluke.

Una vez más se volvieron a escuchar gritos en el departamento de arriba. Eran unos gritos de desesperación, pero no pedían ayuda, al menos no de la manera en la que cualquier ser humano lo realizaba comúnmente. Gritos desgarradores de dolor, pero con cierta contención que causaba un misterio auditivo cada que se presentaban. Un rugido escalofriante sonaba luego de varios intentos de lucha, seguido de unas respiraciones muy fuertes y tétricas. Aquella solía ser la rutina, y sucedía cada día por lo menos dos veces.

El techo de mi departamento, de la nada, comenzaba a sentirse muy extraño, y como si una criatura gigante caminara por arriba, todo comenzaba a moverse. No era un temblor, era más que claro, pero la sensación era bastante similar.

Hubo una tarde en la que los ruidos se salieron de control. Objetos arrojándose, más gritos, y un sonido ciertamente parecido a alguien arrancándose lo que parecía ser –auditivamente– piel.  El dolor era más que evidente, pero el acuerdo involuntario de los vecinos era no atender asuntos ajenos a menos que se apreciara explícitamente el término de «Ayuda». Sin embargo, aquella tarde el ruido fue mayor, y nos comenzó a desconcertar a una gran cantidad de habitantes de aquel edificio.

Me quedé helado hasta que alguien interrumpió mis pensamientos tocando a mi puerta. Abrí cuidadosamente, era mi vecina. Su rostro resguardaba el terror de lo que estaba ocurriendo y que claramente se alcanzaba a escuchar en los demás departamentos también. Su voz apenas lograba traspasar con fuerza su boca.

—Buenas tardes, vecino. Disculpe las molestias –dijo tímida–. Está saliendo sangre del departamento de arriba.

Desconcertado salí rápidamente para seguir sus pasos y subir al siguiente nivel. Tenía razón. Un charco de sangre recibía el pasillo, pero el flujo no se detenía, aquel mar rojo se desbordaba desde adentro del departamento, atravesando el ligero espacio por debajo de la puerta para desembocar en la escena que estaba frente a nuestros ojos.

Tocamos en otras puertas para que más vecinos nos acompañaran a preguntar qué era lo que estaba sucediendo. Definitivamente los más asustados éramos quienes compartíamos pared o techo con ese departamento. Alcanzábamos a escuchar claramente el dolor que expresaba, las fuertes respiraciones y la constante lucha de alguien intentando mantenerse en calma.

—Yo no voy a tocar –comentó otro vecino provocando una serie de negaciones por parte de los demás presentes.

Lo sabía. Tenía que ser yo.

Me acerqué sigilosamente a la puerta tratando de no ensuciarme con la sangre que incluso ya estaba llegando a las escaleras lista para descender. Golpeé una vez, me detuve para respirar y continué con dos golpes más.

Un rugido aterrador se escuchó desde adentro, nos hizo retroceder a todos dejando que un silencio posterior reinara. Sólo una vecina se atrevió a continuar.

—Buenas tardes, vecino. ¿Está todo bien? ¿Necesita ayuda? –dijo con voz firme.

Un idioma que nadie podía comprender respondió desde adentro pronunciando lo que parecía ser sólo una frase. La puerta se abrió un par de centímetros y las respiraciones aumentaron su volumen y su velocidad.

La oscuridad tenía control total de aquel departamento. La sangre salió en mayor cantidad y mucho pelaje arrancado acompañó ese recorrido líquido. Todos coincidimos con la expresión de asco y disgusto en nuestro rostro.

De pronto, el ruido de una ventana rompiéndose nos alertó a todos. Era la del pasillo de ese nivel del edificio. Un vagabundo se asomó desde afuera, nadie se explicaba cómo había alcanzado la ventana subiendo por la fachada, pero su sonrisa lo anunció todo. Colocó en el suelo un costal que cargaba, aún colgado desde afuera del edificio. Su voz era muy incómoda.

—¡Ya está aquí! ¡Ya ha comenzado todo! –comenzó a gritar mientras se sostenía del marco de la ventana.

Hizo su mayor esfuerzo y logró entrar al edificio. Intenté detenerlo, pero resbalé en cuestión de segundos por la sangre. Caí al suelo, mi cuerpo y mi ropa se habían manchado. Los demás vecinos me ayudaron a ponerme de nuevo de pie mientras éramos observados por el vagabundo, quien se mantenía al final del pasillo balanceándose de un lado a otro con una sonrisa maligna.

—Háganse a un lado. Sé cómo detenerlo –dijo con absoluta convicción arrastrando su costal .

Desconocíamos el grado de cordura de ese vagabundo, pero nos hicimos a un lado para no entorpecer cualquiera que fuera su plan.

—Hola, Beelze –saludó el vagabundo abriendo un poco más la puerta de aquel departamento con extrema cautela.

Aquel rugido desgarrador volvió a hacerse presente a modo de respuesta. Una vecino intentó detener al vagabundo de ingresar al departamento, pero su acción fue interrumpida por los demás vecinos. Yo observaba con miedo, paralizado, pero la incertidumbre de saber si ese sujeto podría descubrir lo que estaba ocurriendo con el vecino de aquel departamento hacía mantener el ambiente con una alerta inusual.

—Conseguí otro cuerpo –pronunció el vagabundo.

De pronto, como si se tratara de una criatura feroz devorando un manjar, los vecinos comenzamos a escuchar cómo trituraban algún tipo de alimento. Decidido me acerqué a golpear la puerta que no había cerrado del todo, y con una patada la abrí en su totalidad.

La tenue luz del pasillo dejó ver, aunque con dificultad, una de las peores escenas que he visto. Una especie de cabra gigante color negro devoraba partes humanas que salpicaba deshechos y fluidos hasta la entrada, mientras el vagabundo sonreía y de su costal sacaba más partes para entregarlas a su comensal.

—¡Vamos, Beelze! ¡Come más! –decía eufórico.

El vagabundo volteó a vernos. Sus ojos nos aterrorizaron por estar cubiertos de un blanco impecable que lograban penetrar todo lo que estaba a su alcance. Su sonrisa putrefacta anunciaba lo mucho que estaba disfrutando aquel momento.

Todos retrocedimos. El pánico se apoderó del pasillo haciéndonos resbalar una vez más con la sangre a unos cuantos de nosotros.

—¡Alguien dígale al vigilante que llame a la policía! –gritó un vecino desesperado, mientras una vecina corría escaleras abajo con aquel objetivo.

—¡Nada los podrá salvar! –dijo el vagabundo desde su locura asomándose hacia el pasillo poco a poco. El silencio y el miedo se apoderaron del ambiente dejando sólo escuchar a aquella criatura comiendo y escupiendo partes humanas hacia fuera. Varias de ellas estaban cubiertas con algún tipo de uniforme.

—El vigilante no está –anunció la vecina que recién había vuelto.

El vagabundo nos observó fijamente a cada uno de nosotros con su mirada blanca. Se quedó en silencio sonriendo mientras respiraba agresivamente.

—¿Quién quiere ser el siguiente platillo?

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