WALKIE: EL INICIO

Autor: Neverluke.

SINOPSIS:
Al poco tiempo de haber terminado su relación con Sofía, Leo acepta el consejo de su mejor amigo sobre tomarse un necesario descanso para acomodar y reflexionar todo lo que está sucediendo en su vida luego de haber concluido la universidad.
Una cabaña en las afueras de San Buenaventura parece ser el lugar perfecto para encontrarse con una mejor versión de sí mismo. No necesita estar en contacto con el mundo exterior por salud mental.
La señora Aguilar, dueña de esa agradable cabaña, sólo podrá comunicarse con su inquilino mediante un ‘walkie-talkie’. Pronto, Leo descubrirá que no es la única persona con quien puede comunicarse.

Capítulo 5:
Ellos me dicen Timmy

Un gran cúmulo de escalofríos recorrieron el cuerpo de Leo en cuanto escuchó la voz de Timmy muy cerca de él. Volteó a ver hacia todos lados, pero no encontró rastro alguno de estar acompañado en aquella cabaña. De pronto, el sonido de unos pies corriendo en el pasillo se hizo presente, y una risa infantil bastante terrorífica no dejaba de escucharse.

Leo se quedó pasmado del miedo que sentía, continuaba con el walkie-talkie en la mano hasta que comenzó a sonar de nuevo haciendo que éste cayera en el piso.

–Ven a jugar –dijo Timmy desde el walkie-talkie.

Leo se levantó de la cama, intentando desesperadamente apagar el aparto electrónico, pero sólo conseguía apretar botones sin sentido.

“No intentes apagarlo”, se alcanzó a escuchar ligeramente, pero la frase no fue concluida porque Leo logró desconectar la señal del walkie-talkie.

–¿Qué mier…?

Una puerta cerrándose interrumpió la expresión de Leo para dejar que el silencio posterior controlara todo. Leo suspiró pero el walkie-talkie se encendió solo, dejando que se escuchara claramente lo que decía Timmy.

–Ven, por favor. No me dejes solo.

La voz de Timmy le provocaba a Leo muchísimo miedo, y sin poder moverse intentaba calmar su agitada respiración.

–¿Me escuchas? Ayúdame –dijo Timmy.

Como si la voz mental de Leo intentara tranquilizarlo y salvarlo de esa terrorífica situación, se dijo a sí mismo:

–De acuerdo, tranquilo. ¡La Señora Aguilar!

Y comenzó a hablar por el walkie-talkie asegurándose de que el radio estaba en el canal 4.

–¿Señora Aguilar? ¿Señora? ¿Está ahí? –preguntó con mucho miedo.

Un canto de Timmy rompió con el silencio que había en la cabaña. Y aunque Leo estaba seguro de que aquel canto provenía del piso inferior, el miedo lo tenía encadenado.

Una señal casi imperceptible del walkie-talkie hizo que el foco de respuesta se encendiera. Pero Timmy seguía comunicándose.

–No tengas miedo. Sólo quiero jugar.

–¿Quién… eres? ¿Vives aquí? –preguntó Leo muy asustado.

–¿Vivir? –respondió lentamente aquella voz infantil.

Leo descubrió que la risa de Timmy era más escalofriante de lo que hubiera imaginado, y como si una descarga de desesperación hubiera entrado en su ser, tomó el walkie-talkie e intentó localizar a la señora Aguilar.

–¿Señora Aguilar? ¿Me escucha? –gritaba Leo. –Esto no puede ser real, ¡por favor! –se decía a sí mismo. –¿Qué ocurre? ¡Vamos! ¡Conteste!

Un enorme relámpago iluminó el cielo, y desde la ventana, a pesar de que estaba bien cerrada con la cortina puesta, Leo confirmó su suposición: un escalofriante trueno se escucharía allá afuera para dejar que el sonido de Timmy comenzando a cantar se escuchara desde el pasillo.

–Es hora de jugar –cantaba Timmy esa frase una y otra vez. –AsÍ no me puedes ver –continuó sin canto.

Y la luz en la cabaña comenzó a fallar, el foco de la habitación se fundió dejando a Leo en total oscuridad. Corrió hacia el interruptor, pero nada parecía funcionar como quisiera.

–¡Maldita sea! Prende, por favor –probaba el interruptor de la luz. –Tengo que salir de aquí. Señora Aguilar, ¿se encuentra ahí? ¡Responda! –le gritaba al walkie-talkie asegurándose de estar presionando bien el botón para comunicarse.

En cuestión de segundos, de una forma muy macabra, la risa de Timmy se convirtió en llanto. Escucharlo llorar le daba a Leo la peor sensación que había experimentado a sus 23 años.

–No puedes irte. Ayúdame –dijo Timmy.

Leo inhaló y exhaló, y con la nula valentía que le quedaba preguntó:

–¿Quién eres?

–¡Ayúdame, por favor!

–¿Quién eres? –repitió firmemente Leo.

–Ellos me dicen Timmy.

–¿Qué? ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?

Pero Timmy tarareaba nuevamente una horrible canción que hacía a Leo morirse de miedo.

De pronto, Leo distinguió claramente en el pasillo el sonido de unos pies corriendo que parecieran descalzos.

–¿Tú estás haciendo eso? ¿Tú estás corriendo allá afuera? –preguntó con mucho terror.

Y como si Timmy tuviera una sonrisa en el rostro, contestó a través del walkie-talkie:

–No.

–¿Quién lo hace? –preguntó Leo.

–No estoy solo.

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