ACADEMIA VERNE
Autor: Neverluke.
SINOPSIS:
Nett Cassai, un chico de 16 años, se convierte de la noche a la mañana en el centro de atención de todo Academia Verne cuando descubren que tiene habilidades inhumanas.
Un par de visitas inesperadas en la escuela, y su paso por la adolescencia, se convertirán en la nueva travesía de Nett para enfrentarse al mal del Colegio Rimkey.
Capítulo 3:
Días de vacaciones.
Las vacaciones significaban para Nett el mayor refugio posible de todo lo que tenía que ser obligado a enfrentar cuando salía de casa. Eran demasiados sentimientos encontrados cada día de escuela en el que Nett se incomodaba en su salón de clases o en los pasillos de Escuela Londian.
Fue así como poco a poco Nett empezó a disfrutar más sus vacaciones, dejando de lado la presión de ser el chico raro de la escuela y dedicando tiempo a todo aquello que le gustaba hacer. Disfrutaba mucho dibujar en su habitación, escribir historias que soñaba que se convirtieran en un libro algún día, sentarse a tocar el piano, o simplemente recostarse a escuchar su música preferida de una agrupación inglesa que el mundo acababa de descubrir.
La señora Abigail describía a su hijo como alguien que disfrutaba demasiado conectar con sus emociones en sus actividades de tiempo libre, lo consideraba una persona muy creativa y tenía la certeza –confundida ciertas veces con esperanza– del éxito que tendría su hijo cuando fuera un adulto. Ella lo observaba en cada oportunidad que tenía, ya que Nett muy rara vez cerraba la puerta de su habitación por si Nash deseaba entrar y recostarse con él en el momento que deseara. Este gesto lo agradecía su mamá cuando se sentaba en el estudio de la casa para trabajar desde su computadora, porque así lograba escuchar cómo su hijo interpretaba varias canciones en el piano.
Por otro lado, cuando anochecía –cerca de las 9 de la noche– el señor Augusto llegaba a casa luego de un día más de trabajo. Tenía la fortuna de siempre tener algo agradable por contar, y de compartir los buenos momentos a la hora de la cena. Le preguntaba a Nett sobre su escuela, sin lograr profundizar mucho ante ello; pero durante las vacaciones, las pláticas podían desenvolverse por más tiempo de lo esperado por todo lo que Nett tenía que contar sobre su día. Así que siempre que se avecinaba un periodo vacacional, la señora Abigail y el señor Augusto sabían las aventuras que escucharían procurando poner mucha atención y riéndose cada que tenían oportunidad.
El señor Augusto era un hombre de 40 años, con bigote y cabello negro que no terminaba de definirse entre chino o quebrado, un poco largo y tenía una manía muy característica de acomodarse constantemente el cabello para atrás. Sus lentes eran muy necesarios en todo momento, ya que desde hace algunos años comenzaba a tener problemas de la vista, pero confesaba que desde pequeño él deseaba usarlos con tal de parecerse al protagonista de una de sus películas favoritas; así que lo disfrutaba demasiado.
Los papás de Nett procuraban tener espacios muy cómodos en su casa porque les gustaba sentir esa tranquilidad luego de días muy pesados de trabajo. Era una casa de dos pisos ubicada en una avenida de nombre Abad, y un número muy grande 506 sobresalía de la fachada de su casa. Al interior, se percibía un ambiente muy cálido, al abrir la puerta del lado izquierdo podías encontrar una gran sala color marrón y la mesa del comedor en donde pasaban sus tiempos juntos cada cena. Un enorme gabinete se apreciaba al fondo, reflejando las sillas y los sillones, con algunos recuerdos de viajes y fotos familiares dentro. Nett siempre se preguntaba cómo es que habían logrado meter ese enorme mueble por la puerta principal, y sus papás bromeaban todo el tiempo con diferentes respuestas divertidas.
Del otro lado de la puerta se encontraba un pequeño baño, las escaleras hacia el segundo piso, y justo frente a la entrada se apreciaba una puerta movediza que dejaba ver parte de la cocina. Una cocina grande con gabinetes color gris y en un excelente estado por lo mucho que el señor Augusto disfrutaba cocinar.
Al subir al segundo nivel, un estudio y tres recámaras llenaban el espacio. El estudio era ese lugar en donde la señora Abigail no dejaba de trabajar; había una pequeña biblioteca conformada por un librero enorme pegado a la pared, y tres estantes frente a él acomodados de manera vertical. Del otro lado del estudio, había un elegante escritorio en donde se podía apreciar el exterior gracias al ventanal que había. Una computadora, una lámpara de mesa y bastantes libros y papeles estaban sobre él. A Nett le provocaba un poco de pena ver algunas manualidades que había realizado como trabajo escolar cuando era pequeño, pero su mamá las guardaba con mucho cariño y solía apreciarlas con una sonrisa cuando el exceso de trabajo la agobiaba.
Las tres recámaras correspondían una al señor Augusto y la señora Abigail, otra era la habitación de visitas, y la tercera era el pequeño mundo de Nett. Un espacio mediano perfectamente acomodado para satisfacer cada una de sus aventuras. Su cama se hallaba pegada a la pared de la ventana, así que cada que giraba su cabeza hacia su lado derecho podía contemplar la avenida en la que estaba ubicada su casa, pero prefería en la mayor parte del tiempo tener la cortina cerrada para no ser observado desde afuera. Del otro lado de la cama, había un pequeño buró en donde siempre tenía una botella con agua, una lámpara, el libro que estaba leyendo, y su laptop.
El ligero azul de las paredes hacía que todo se viera más cómodo. Su piano estaba frente a su cama y a un lado se hallaba ese escritorio en donde Nett disfrutaba hacer sus tareas y cenar algo mientras estudiaba.
En la mayor parte de los veranos, solía recostarse en su cama a escuchar música que siempre terminaba intentando sacar en el piano, y luego de varios intentos –algunos con éxito y otros con un final diferente– se ponía a leer su libro en turno, o a escribir en una libreta que siempre tenía a la mano debajo de su almohada. Y a pesar de que sus vacaciones tenían un aspecto muy tranquilo, le gustaba imaginar millones de historias que terminaban plasmadas en sus distintos proyectos personales, desde sus dibujos, su piano, sus escritos o cualquier forma de expresión.
En muchas ocasiones, la familia Casai destinaba las vacaciones de Nett para salir de viaje hacia dos casas que tenían ubicadas en regiones relativamente cercanas. Sus casas de descanso –como solían llamarlas– les permitían pasar tiempos muy agradables en familia, y desde que Nett tenía uso de razón, siempre habían asistido a esos espacios cada que tenían oportunidad de descansar.
Debido a ese ritmo tan familiar y conocido que llevaban sus vacaciones, Nett difícilmente podía hacer amistades con otras personas de su edad, casi siempre terminaba conviviendo con sus papás, sus sueños, o su adorable perrita que tenía pocos años de haber llegado con ellos. Ésta última era con quien definitivamente pasaba más tiempo, jugando, descansando o platicando lo terrible que había sido su día en la escuela y los conflictos que había evitado para no convertir el salón de clases en un peor lugar. Y a modo de empatía y posible respuesta, su perrita siempre se recostaba sobre sus piernas generando un sonido que a Nett le gustaba interpretarlo como una enorme respuesta de importancia hacia lo que él había dicho previamente.
Las vacaciones llevaban pocos días, y el cumpleaños de Nett estaba muy cerca. Un viaje a la playa era el próximo plan para disfrutar en familia, y a todos les causaba mucha emoción y alegría poder concretar ese viaje. Nett cumpliría 16 años y sus padres se habían encargado durante las últimas semanas de crearle una enorme y bella expectativa sobre su nueva edad, además de ir acompañada con su ingreso a la Preparatoria, con lo que ya habían tenido las suficientes pláticas para explicarle a Nett que no sería tan malo como él lo imaginaba.
Sin embargo, cada noche dedicaba un par de minutos a reflexionar sobre todo lo que tendría que enfrentar al entrar a su nueva escuela. Incluso se había detenido a pensar en numerosas ocasiones que ni siquiera conocía el interior de la escuela, procurando dejar esa duda para la mañana siguiente en el desayuno, aunque cada noche terminaba recordando que una vez más había olvidado preguntarlo. La única pequeña referencia que tenía sobre su próximo destino académico, era una enorme entrada color gris, desde donde se veían ventanas hacia lo que él suponía que eran los salones de clase, grandes árboles que no permitían ver la entrada de la escuela desde la reja principal, hasta que entrabas en automóvil; y entre más cercano tuvieras el gran portón que daba inicio a sus instalaciones, un reloj gigante en la entrada anunciaba la hora del día con sus manecillas. Justo por encima de éste, como si fueran dos renglones, grandes letras en color marrón indicaban que habías llegado al máximo recinto estudiantil: Academia Verne.

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