ACADEMIA VERNE

Autor: Neverluke.

SINOPSIS:
Nett Cassai, un chico de 16 años, se convierte de la noche a la mañana en el centro de atención de todo Academia Verne cuando descubren que tiene habilidades inhumanas.
Un par de visitas inesperadas en la escuela, y su paso por la adolescencia, se convertirán en la nueva travesía de Nett para enfrentarse al mal del Colegio Rimkey.

Capítulo 2:
Sólo un adolescente más.

—¿Cómo te fue en tu último día de clases? –preguntó la señora Abigail con aquella voz dulce que cualquier persona elogiaba una y otra vez. Tenía ese ligero aspecto de brindar tranquilidad al hablar, logrando que cualquier persona pudiera abrir sus emociones ante ella, pero ese día, a su hijo Nett le costó un poco más de lo esperado poder compartir lo que sentía al respecto de aquel último día en Escuela Londian.

Abigail, a sus 42 años, desempeñaba un papel muy cálido como madre de Nett. Lucía bastante joven y procuraba tener su cabello muy bien cuidado, aunque batallaba un poco cada mañana para que luciera bien. Su cabello era color negro y lo dejaba caer a la altura de sus hombros con un aspecto alborotado siempre procurando que no le cubriera alguna parte de su rostro para nunca dejar pasar desapercibidas sus facciones tan delicadas, y constantemente llamaba la atención de las personas. Su gran e impecable sonrisa terminaba de complementar su actitud tan alegre y risueña.

Independientemente de ese don que muchas personas envidiaban sobre su manera de relacionarse con los demás de una forma tan pacífica, con Nett había alcanzado uno de los mayores grados de confianza que podía existir entre una madre y un hijo.

—Todo ha sido muy extraño –dijo Nett intentando no caer en ese cúmulo de emociones nostálgicas que tanto protagonizaban ese día.

—¿Por qué? –preguntó Abigail fingiendo una pequeña sorpresa aunque conocía perfectamente bien a Nett–. Tu papá y yo estábamos recordando tu último día de clases en la primaria.

Y volteó a verlo con esa mirada que dejaba reflejar una enorme sonrisa en su rostro por la referencia que ambos sabían que se mencionaría después.

Nett soltó una risa evidente, tratando de disimular lo mucho que le apenaba ese recuerdo.

—¡Yo juraba que era mi profesora! –mencionó.

Así que ambos, entre risas, se dejaron llevar por ese grato recuerdo en donde sólo predominaba una pequeña confusión que había tenido Nett a sus 12 años cuando se graduaba de la primaria. A esa edad se permitía expresar mucho más lo que recorría en su ser, y dentro de su tristeza por separarse de la profesora Aida, corrió a darle un último abrazo una vez terminada la significativa ceremonia de graduación. Pero en el momento más inoportuno, notó que muchas miradas estaban enfocándose solamente en él, para posteriormente darse cuenta que ella no era la profesora Aida.

Un cúmulo de risas comenzaron a resonar alrededor, y por primera vez sintió que la vergüenza se apoderaba de cada centímetro de su cuerpo, poniéndose de aquel color rojo que era muy característico de su piel cuando se apenaba. Por otro lado, la señora que había tenido la fortuna de haber sido abrazada por Nett, se limitó a esbozar una sonrisa comprendiendo que todo había sido un divertido error.

Nett y su mamá no paraban de reír en el automóvil mientras ella intentaba imitarlo en cada uno de sus movimientos de aquella ocasión. Era más que evidente que  Abigail sentía esa paz de haber logrado una vez más que su hijo relajara sus emociones por todo lo que le agobiaban sus pensamientos adolescentes, para poco a poco poder hacer que le comenzara a contar sobre su  último día de clases y su estancia en Escuela Londian.

—No tuviste un gran día, ¿cierto? –preguntó Abigail aprovechando ese último silencio que se había generado luego de haber reído tanto. Nett ubicaba que ese tono de voz era la pauta inicial para comenzar a hablar sobre sus emociones.

—No sé –suspiró Nett–. Me siento muy extraño porque no estoy sintiendo nada alrededor de este día. Es como si nada me importara. Nunca logré sentirme del todo cómodo aquí,  aunque tampoco notaban mucho mi presencia.

—Tu papá y yo siempre platicábamos sobre cómo te veías tan tímido. Pero sabíamos que era la mejor decisión haberte metido en esta escuela.

—No es que no me gustara, o que la pasara mal –complementó Nett–. Simplemente sentía que yo no pertenecía aquí. Los años pasados, en la primaria, todo encajaba tan perfecto: profesoras, compañeros, el ambiente de la escuela. Y aquí es muy extraño. Siento que ni siquiera disfruté estar aquí, ¡y fueron tres años!

Al finalizar aquella frase, Nett no pudo seguir controlando las lágrimas, y se soltó a llorar con una sensación que jamás había experimentado. Era una mezcla de sentimientos en donde predominaba todo aquello que había estado guardando durante tanto tiempo. Miles de recuerdos le llegaron a la mente en donde recordaba que nunca le importó en lo más mínimo formar parte de algún grupo de amigos. Y a pesar de que al principio mucha gente intentaba unirlo, él sólo se dedicaba a rechazar aquellas invitaciones, pero muy en el fondo sabía lo mucho que le costaba entender esa sensación dentro de sí.

—La adolescencia es una etapa maravillosa, Nett; sin embargo, trae consigo muchos retos y dificultades. Estás descubriendo un nuevo mundo, nuevas emociones, nuevas maneras de relacionarte…

—No, ¡nunca me interesó ser parte de ellos! –alzó la voz sintiéndose muy culpable enseguida por aquella reacción y disculpándose por haberle gritado a su mamá.

La señora Abigail se sorprendió por esa respuesta, pero no dejó de contemplar y de poner atención a su hijo en ese momento tan difícil. Le costaba mucho trabajo aceptar que esa escuela era la correcta para él aun cuando había resultado ser una de las travesías más complicadas.

—Perdón –dijo Nett con la voz entrecortada, demostrando muchísima sinceridad en su disculpa.

Cada palabra que salía de él hacía estallar las suficientes emociones para notar que tenía mucho por decir, pero le frustraba no poder comprender qué estaba sucediendo con él, sólo parecía que para todos la solución más rápida era encontrarle sentido a la palabra “adolescencia”.

—Perdónanos a nosotros, Nett. Quisimos insistir mucho en que continuaras en esta escuela porque sabíamos que podía ser una gran oportunidad para que conocieras a las personas correctas. Tal vez nos equivocamos.

—No, el problema no era Escuela Londian, el problema era yo, mamá. Nunca supe cómo desenvolverme ahí dentro, no me sentía bien –dijo Nett desesperado.

—Siempre que platicábamos nos mencionabas algo bueno de ahí –comentó Abigail.

—¡Y no era mentira! Sí veía cosas buenas, y me gustaba el lugar, pero simplemente algo no me permitía ser yo y convivir con los demás.

—¿Qué era lo que sentías? –preguntó Abigail con bastante curiosidad.

—Sólo que no encajaba con ellos. Veía a todos tan felices de pertenecer ahí, y me sentía muy culpable por no compartir eso. O al menos por no poder expresarlo. Mi mente está totalmente en blanco desde la mañana. No puedo creer que no haya significado nada para mí haber recorrido esta escuela por tres años.

Nett intentaba controlar sus ganas de continuar llorando, pero fallaba en cada oportunidad que tenía de tranquilizarse. No entendía sus emociones. No se entendía él mismo. El mundo no lo entendía.

Abigail decidió avanzar pocos metros para retirarse de la entrada de la escuela para estacionarse en un lugar más cómodo y brindarle uno de los abrazos más cálidos a su hijo. Cuando sus corazones se tocaban por medio de un abrazo, ambos sentían que de pronto todo estaba solucionado y lo que dolía tanto, pasaba a ser una sensación de máxima tranquilidad y paz, dejando que el ruido del exterior se convirtiera en completo silencio gracias a ese pequeño gesto.

A pesar de aquel significante suceso, el camino a casa sin mencionar palabra alguna no fue incómodo. Nett se dio cuenta que podía lograr silenciar el mundo externo, y sólo dedicarse a escuchar sus respiraciones. Fue una sensación muy extraña cuando descubrió la calma que podía generar realizando eso. Parecía que su mente quedaba totalmente en blanco únicamente con la consciencia de estar paralizando todo a su alrededor para dedicarse tiempo a él mismo.

Su cuerpo fue recorrido por una emoción bastante similar a cuando se percibe una descarga de energía, como si su propio sistema nervioso pudiera controlar eso, cerró los ojos y de la nada comenzaron a llegar a su mente distintas imágenes que le inspiraban demasiada paz, provocando una pequeña sonrisa en su rostro que dejaba saberle al mundo que se sentía cada vez mejor.

Fue tanta su profundidad en ese breve evento al grado de dejar de escuchar a la señora Abigail cuando le repetía una y otra vez que ya habían llegado a casa.

—¡Nett! Ya llegamos –le dijo por cuarta ocasión y Nett salió de ese mundo que le inspiraba tranquilidad–. ¿Estás bien? –le preguntó su mamá de manera muy curiosa.

Nett, con los ojos recién abiertos como si hubiera sido un sueño muy alegre, comenzó a sentir muchísima confusión por lo que acababa de suceder, pero en ningún momento dejó de sentir la calma que ahora lo invadía.

—Sí, mamá. Tenía sueño –dijo Nett, intentando creer él mismo sus palabras sobre esa errónea idea de que se había quedado dormido. Bajó del coche tomando sus cosas y comenzaron a escucharse unos cuantos ladridos desde adentro de su casa.

—¡Hola, Nash! –gritó Nett en cuanto había descendido del coche y con una sonrisa se acercó a la puerta. Una perrita de talla mediana y aspecto muy peludo, se asomaba bastante alegre desde la ventana detonando la suficiente emoción para dar a entender la felicidad que le ocasionaba que Nett llegara a casa.

Abrió la puerta, y recibió a Nash con un fuerte abrazo olvidando todo lo que había sentido de camino a su hogar. Su mamá decidió tardarse unos minutos más fingiendo que buscaba algo en la parte trasera del automóvil para poder observar a Nett desde esa distancia y tratar de comprender lo que acababa de pasar.


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