TOCANDO FONDO
Autor: Pablo Castillo Gracida.
Recae en mis rodillas el peso de un adiós que lleva consigo la eterna culpa y el firme arrepentimiento. De pronto me veo en la misma habitación en donde comenzamos nuestra historia, esta vez de rodillas, con las palmas pegadas, el ardor en el lado izquierdo del pecho, y el camino imborrable de lágrimas que continúan transitando hasta ahogarme en los recuerdos. Todo tipo de recuerdos. Intento estar en completa oscuridad, pero ahí está luchando, una vela que unas personas me prometieron que podía platicar con ella y pedirle –siempre y cuando fuera con fe– lo que más anhelaba desde el fondo de mi corazón.
De rodillas, intentando abrir los ojos que pesan por las memorias que los mantienen hinchados, pero por fin estoy encontrando las palabras para hablar con él. Aquella conversación que nos debíamos, y que sigo sin entender por qué sucedió hasta esta noche. La petición es más que clara, tú debes de saberla, pero los murmullos que nacen desde mi profundo dolor, me tienen hincado frente a esta vela, suplicando por ayuda celestial para salir adelante.
Me da miedo que esto sea a lo que le llaman «Tocar fondo», pero no sé si me aterra más estar ahí, o que sólo sea el inicio de la profundidad. Mientras tanto estoy aquí, confiando en cada una de las palabras que le susurro al oído, mientras siento cómo puede tocar mi alma y llenarme de una extraña sensación.
Aprendí a hablar cada noche. Aprendí a hacer las cosas un poco mejor. Aprendí que si lloras de rodillas viendo al cielo, aquella tenue flama puede funcionar perfectamente como modelo de comunicación espiritual. Y es extraño. Lo es porque te siento aquí conmigo, en todo momento, acompañándome en cada oración.
El mundo habla sobre la imposibilidad de reparar algo roto. Pero hay alguien en el cielo demostrándome en este momento que la peor relación, puede convertirse en un paraíso. Puede convertirse en una bendición que –rotundamente– va más allá de lo que cualquier persona pudiera describir. Aunque debo confesar que yo tampoco entiendo por qué llegó hasta ahora a mi vida. Sólo lo estoy dejando entrar para ayudarme a sanar todo lo que deshice.
En cada oración estás tú. En cada vela encendida estás tú. En cada lágrima estás tú. En cada espacio de mi alma estás tú. Tú. Tú. Y sólo tú. Un rescate no podía surgir de otra manera, pero al menos estoy seguro de que sí pudo haberse escrito con palabras diferentes. Quiero confiar, pero aún estoy sanando, recibiendo un abrazo en cada oración que sale de mi boca. El cuerpo tiembla. El alma arde. Y la menta está cerca de encontrar aquello que la hace detonar. Y aunque se ha vuelto una batalla extrañarte, estoy seguro de que no existe mejor manera para finalizar cada frase, que con un «Te amo», seguido –eternamente– de un «Amén».
FADMYCZ
