MAGIA EN NAVIDAD

Autor: Neverluke.

SINOPSIS:
«Deseo que toda la gente vuelva a creer en ti».
Jack, un niño de 6 años, es invadido por las dudas cuando la Navidad está muy cerca: ¿Por qué los grandes dejan de creer en Santa Claus?
Las verdaderas respuestas sólo pueden obtenerse si eres uno de los niños mejores portados; y podrás descubrir desde el Polo Norte, de la mano de Squish y su gran amigo Santa Claus, que creer es lo único que necesitas para tener MAGIA EN NAVIDAD.

Capítulo 1:
El General Botitas

23 de diciembre

Cada uno de los respiros del señor Maldonado se alcanzaban a percibir perfectamente en el aire, incluso con aquella bufanda frondosa cubriendo la mitad de su rostro. La temperatura descendía con el transcurso de las horas, y los habitantes de Peña Florencia preparaban su entorno para esa temporada, ya que los termómetros ambientales no solían marcar más de 8 grados centígrados en todo el día.

Paz, bondad y unión se convertían en el reflejo inmediato de la gente que se paseaba por las calles esa mañana. El reloj de la cabecera municipal marcaba las 9:26, y la nieve arropaba perfectamente las calles en un nuevo día.

—¡Buenos días, señora Rosa! ¡Señor Teo, tenga buen día! –saludaba muy gustosamente el señor Maldonado.

Un sonido llamó su atención a su lado derecho. Una pequeña niña, quien jugaba alrededor con sus amigos, se había tropezado.

—¡Ten cuidado, pequeña! –se acercó a ella–. ¿Te encuentras bien? Te ayudo a levantarte. ¿En dónde está tu mam…? ¡Señora Violeta! Claro. No conocía a la pequeña Maggie.

Una señora de aparentemente 44 años, llegó ligeramente alardeada.

—¡Muchas gracias, señor Maldonado! Sí. Le presento a la princesa de la casa.

Maggie se limitó a mostrar una muy pequeña sonrisa invadida por la pena, aunque a sus 5 años fue muy fácil darle vuelta a la página y continuar jugando con sus amigos.

Parecía que toda la gente de Peña Florencia era buena únicamente en estas fechas. Dicen por ahí que cada pequeña acción puede hacer grandes cambios, y era emocionante ver a los habitantes de ese poblado apoyarse los unos a los otros, aunque sólo fuera durante esa corta temporada.

Una campanilla sonó cuando el señor Maldonado entró en una cafetería que tenía poco tiempo de haber sido inaugurada, pero que lucía un enorme y hermoso letrero navideño en su exterior indicando su recién apertura.

—Demasiado frío allá afuera –dijo temblando pero con esa sonrisa impregnada en su rostro.

—¡Buenos días! ¿Qué le preparamos? –dijo un hombre alrededor de los 40 años.

—¡Buenos días! Sería un café mediano capuccino, por favor. Y también… ¡Hola, pequeño! –interrumpió su orden–. ¿Cómo te llamas?

—Jack –respondió una voz muy tierna y agradable.

—Y… unas galletas también, por favor –continuó pidiendo.

El pequeño Jack, con tan sólo 6 años, se robaba la mirada de toda la gente que entraba en la cafetería. Su padre Bernardo, el señor que atendía, lo había nombrado Jacobo, pero todos preferían llamarlo Jack.

—De acuerdo, serían 65 pesos. ¡Jack! No juegues con el banco, te puedes caer.

—¡Muchas gracias! –recibió su pedido–. Aquí tiene los 65 pesos. Y… las galletas son para ti, Jack.

—¡Gracias!

Los ojos de Jack se iluminaron al ver las galletas.

—Tengan excelente día.

Se despidió el señor Maldonado y se preparó para volver al extremo frío que lo esperaba afuera.

—¿Puedo, papá?

—Desde aquí te veo. Con mucho cuidado, por favor.

Y Jack salió corriendo de la cafetería dirigido hacia un poste de luz que marcaba la esquina de esas calles. Gracias a su ternura, la gente le regalaba todo el tiempo productos que compraban en la cafetería, y en cuanto salían los clientes, Jack corría hacia ese poste de luz en donde descansaba un hombre mayor que vivía en la calle para darle todo lo que conseguía durante el día.

—Te traje unas galletas. Todas son para ti, son muy ricas, las hace mi papá –dijo Jack sonriente.

Y el hombre, envuelto en tantas cobijas, recibía alegremente los regalos de Jack. Su aspecto era ya muy desgastado por las condiciones en las que vivía, una chamarra de soldado lo cubría todo el tiempo y unas botas muy grandes y bastantes peculiares lo caracterizaban. Jack nunca se había atrevido a preguntar su nombre, pero siempre se refería a él como el General Botitas.

—¡Disfrútalas mucho! Nos vemos luego.

Y regresó corriendo, mientras era observado por Bernardo desde la ventana en el interior de la cafetería. Un suspiro acompañaba el orgullo que sentía cada que Jack hacía algo así.

—¡Papi! Hubieras visto su cara. Se emocionó mucho cuando le di las galletas. Le van a encantar, y las de chocolate son mis favoritas. Yo creo que así ya podrá un poco…

Y el día siguió su transcurso.


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