MI BEBÉ Y YO
(Relato de terror)

Autor: Neverluke.

No puedo creer lo que me están haciendo. ¿Por qué me tienen amarrado? No puedo moverme y parece que con cada segundo que pasa mi vista se empieza a nublar más y más. Ya no puedo hablar, me es imposible articular palabra alguna. Intento hacer el mayor esfuerzo para liberarme de ellos, pero los tres han logrado someterme. Ahora me dirigen hacia una camioneta. Mis ojos ya no pueden distinguir lo que está escrito en ella. Los vecinos han salido para enterarse de primera fuente que al fin han venido por mí. Escucho el motor encenderse. No hay más por luchar. He perdido la conciencia.

Poco a poco se alejó la camioneta. Entre rumores y murmullos vecinales, fue quedando atrás el letrero que indicaba la calle Alemán. Era más que visible, desde esa perspectiva, que la camioneta pertenecía al Hospital Psiquiátrico Costa Azul.

—¿En dónde está? ¿Dónde lo tienen?

Esas fueron las primeras palabras que expresé en cuanto logré recobrar la conciencia en una de las habitaciones de aquel horrible lugar. La poca fuerza que tenía la utilicé para luchar con aquellas personas vestidas con esas ridículas batas. Eran unos malditos. ¿Cómo podían atreverse a hacer semejante impureza? ¡Era sólo un bebé! ¿Por qué querían arrancar de mis brazos a mi pequeño? ¿Por qué de esa forma?

—¿Qué le hicieron a mi bebé? –les grité sin cordura maldiciendo una y otra vez.

—Aquí está. No le hemos hecho nada –tuvo el valor para contestarme un asqueroso de ellos mientras me enseñaba a mi pequeño. 

La locura volvió a apoderarse de mí, y al ver su rostro tan tierno y dormido, no dudé en lanzarme hacia quien lo tenía en sus brazos.

En cuestión de segundos, dos guardias de seguridad y otros dos trabajadores intentaron detenerme para no deshacerle la cara al monstruo que tenía frente a mí. Puedo jurar que alcancé a rasguñarlo, pero no utilicé todas mis fuerzas para no lastimar a mi bebé.

Los forcejeos continuaron, logré liberarme algunas ocasiones de los trabajadores mientras los guardias se preparaban para sacar sus armas. Más gente perteneciente a ese horrible lugar se acercaban para controlarme.

No pude detener mi ira y mi odio al seguir viendo sus mugrientas manos sobre mi bebé. Le escupí en la cara, y en su segundo de descuido, alcancé a tomar a mi pequeño. Lo arrebaté con extrema fuerza jalándolo hacia mí, pero caí al suelo caóticamente.

Mis ojos no pudieron resistir ante la trágica escena que estaba viendo. Las lágrimas no tardaron en salir y un grito ensordecedor se escapó de mi boca. Me había quedado sólo con la cabeza de mi bebé en mis manos y su cuerpo seguía perteneciendo al asqueroso trabajador. Todo el cuarto lo vi con sangre, mis manos, mi rostro, todo había sido manchado por la injusticia. Los guardias de seguridad se lanzaron sobre mí para colocarme en posición inmóvil. Luchar ya era innecesario. Dicen que los trabajadores no dejaban de sorprenderse por lo que un simple muñeco había causado en mi vida.

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