Autor: Pablo Gracida.

No sé si aún estás ahí. Ni siquiera sé si estés. Ni siquiera sé si existas. Sólo sé que la gente habla maravillas de ti, sobre lo bondadoso que eres, sobre lo mucho que ayudas a salir adelante cuando alguien toca fondo, sobre lo mucho que te preocupas por el bienestar de los demás, sobre las bendiciones enormes que le brindas a la gente. Tal vez soy yo quien no existe para ti. Me has abandonado de un tiempo para acá y debo reconocer que yo también a ti, porque no me he sentido bien, porque nuestra relación está más que rota. Y es que ni siquiera sé qué es lo que se debe hacer para tener una buena relación contigo, pero seamos sinceros, tú tampoco has sabido acercarte a mí.

Ya no sé qué hacer. He entrado en este juego en donde te busco y no te encuentro en ningún lado. Y sé que tampoco está bien condenar tus muestras de existencia reduciéndolas a pruebas que sólo me benefician a mí. No estás en ningún lado y supongo que es normal. Supongo que hay gente de la que te olvidas, pero mis heridas de abandono duelen más sabiendo que tú también me dejaste aquí. Prometo que diario tengo la esperanza de ver algo que me compruebe que existes, aunque quienes creen en ti se la pasen diciendo que estás en todos lados y hasta en los más mínimos detalles de la vida. Yo no lo siento así. He perdido ya mi capacidad de asombro y mi capacidad para encontrarte.

¿En dónde estás? Y no quiero que respondas con la falsa respuesta de que siempre has estado a mi lado, o siempre has estado en mí. Me parece absurdo hasta cierto punto intentarme comunicar contigo a través de mis escritos, pero te juro que ya no encuentro otra manera de hacerlo, y nos estoy dando una oportunidad más de acercarnos y de que ordenes tan sólo un poco todo lo que yo mismo destruí. Y no, no significa que no me esté haciendo responsable de mis acciones, porque creo más nunca que me está tocando salir vivo de aquí a mí solo. Sin ayuda de nadie. Como siempre.

Estoy desesperado, ni siquiera sé si esta sea la perspectiva correcta de mi mundo, pero al menos parece que se ve así desde aquí. No me atrevo a tomar la última decisión, así que sólo necesito de tu ayuda para rescatarme de este abismo, aunque he perdido la fe de que tenga una salida. Sólo ya no sé qué hacer. Lo único que sé es que tampoco vas a contestar este grito de auxilio, aunque tampoco tengo muy claro si en este punto esa respuesta sea necesaria.

Deja un comentario