Autor: Pablo Gracida.

He escuchado todo el día que algo llama a la puerta sin dejar un solo segundo de descanso silencioso. Por momentos se tranquiliza la intensidad del golpeteo, sí; pero no cesa por más mínimo que se pueda percibir. Cuando vuelve a intensificarse, parece que se mezcla con todo aquello que mi mente no para de gritarme, como si fuera una lista muy bien aprendida de memoria que enumera las causas y detonantes de lo que me tiene aquí encerrado entre estas cuatro paredes.

La cobardía se ha instalado en mi habitación. Murmulla durante todo el día que es mejor no atender el llamado de la puerta, que incluso estoy a salvo entre más alejado me encuentre de la entrada y los pequeños ventanales. Quiero escapar. Quiero huir. Quiero dejar todo atrás y convencerme de que los nuevos comienzos sí existen, y que allá afuera me espera un enorme mar de gente que, sin juzgarme, me dará una nueva oportunidad.

Mi rostro se está paralizando. Cada que algo intenta reflejar la más mínima sonrisa, enseguida mi mente ataca con la negación de no poder ser feliz por todo el caos y la destrucción que hoy lleva mi nombre. Me atacan los recuerdos de cuando todo estaba bien, cuando no había persecución alguna, ni existían todas esas emociones que hoy me tiene aquí atrapado. La puerta aún suena. La curiosidad sigue liderando la batalla de preguntas constantes sobre lo que el mundo estará suponiendo allá afuera sobre mi paradero.

Se ha convertido en algo totalmente irónico que mi mayor refugio es ese lugar que hoy todos conocen, y que nadie se ha atrevido a visitar desde entonces, sólo eso que acecha en la entrada y que insiste en conseguir un lugar dentro. No quiero dejar entrar algo más que me termine por destruir, pero debo confesar que en más de una ocasión el sonido de la puerta casi ha logrado convencerme de que no podría existir algo peor en la dosificación de estas emociones negativas, pero no dejo entrar nada.

Acurrucado en mi habitación, envuelto en mis cobijas como si fueran el mayor escudo de la realidad que acecha y que tarde o temprano tendré que enfrentar, aquí sigo, esforzándome en cada respiración para no perder la batalla contra mi mente y todas las voces que suenan a mi alrededor señalándome la cobardía que vive aquí. Parece que se han juntado muchos malestares para no dejarme escapar. Y aunque de verdad me esfuerzo todas las noches por no perder esta lucha, sale el sol y anuncia con una falsa esperanza que hay que sobrevivir tan sólo un día más.

Suena cada vez más fuerte el llamado de la puerta. No pretendo abrir. No falta mucho tiempo para que aquello logre derribarla y entrar con toda la fuerza que lleva guardando por días. No sé si el sonido realmente exista, sólo sé que así se siente cuando está a punto de invadir la decepción gritando la interminable lista de los errores que cometí y todo lo que pude haber hecho mejor.

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