Autor: Pablo Gracida.
Miles de situaciones cruzan mi mente cuando se menciona el tema de los peores miedos. No sé si sea normal o si ya me haya acostumbrado a temer. Lo único de lo que podría estar totalmente seguro es que conforme pasan los años, el miedo se apodera más y más de ti, y me preocupa en demasía que la gente suela relacionarlo con falta de madurez o cualquiera de esas objetividades colectivas. Pero es que avanza el tiempo y se siente cómo el pasado se aferra un poco más a seguir aquí.
Mi alma se inunda de sentimientos negativos cuando hay transiciones importantes –o evidentes– en el tiempo. Quisiera que todo se paralizara, pero de un segundo a otro, todo comienza a nublarse, la nostalgia encuentra un lugar muy cómodo en mi habitación y pareciera que empiezan a proyectarse todos aquellos buenos momentos que creí haber disfrutado. Es un sentimiento bien curioso y específico porque todos mis recuerdos positivos terminan en un «Cómo quisiera regresar el tiempo a ese momento» y me preocupa vivir en un constante viaje al pasado.
Canciones, palabras, olores, sensaciones y una infinidad de conceptos que de la nada ya me tienen en mente en aquellos días, y la experiencia corporal no se queda, ¡para nada!, atrás. Me preocupa mucho que el tiempo continúe avanzando porque sé que, muy probablemente, en unos años estaré deseando encontrarme en este momento y me lamentaré por no haberlo disfrutado más. Se convierte en un ciclo que no puedo detener y que la vida me ha hecho sentirme culpable por haber perdido el control de ello.
Millones de imágenes invaden mi mente cuando intento verle el lado positivo a lo que ya ha sido y lo que está por ser, pero creo que todos dejamos una parte importante de nosotros repartida en cada sonrisa que se nos escapó con el paso de los años. Y ahí nos fuimos dejando poco a poco, soltándonos y extrañándonos al lamentar el hecho de no poder volver a algún momento, lugar o incluso a una persona. El hecho de «disfrutar» se ha convertido en una de las misiones más arriesgadas y peligrosas, aunque definitivamente su objetivo no sea crucificarnos de esta manera al paso del tiempo. No sé, es esa la razón por la que me da tanto miedo disfrutar todo, aun cuando pareciera que esa también es la fórmula para vencerlo. Yo sólo espero el momento en el que mis temores desaparezcan y pueda sonreírles un poco mientras me despido de ellos. Sólo deseo que no sea lo suficientemente tarde para ya no tener oportunidad de vivir los días como siempre los he soñado, sin importar el dolor que cause extrañar y volver a esos años.
¿Nunca han sentido que su cuerpo empieza a hacerse más y más pequeño? ¿Que de pronto todo te consume y no hay quien escuche tus gritos de auxilio? Nos hemos encargado de convertir al tiempo en uno de los peores enemigos, y es entrar en un campo de batalla en donde el escenario sólo pinta para perder más tiempo. Ojalá pudiéramos lograr detener todo un segundo y aprender a apreciar, admirar, contemplar y disfrutar todo lo que nos rodea, hasta lo más pequeño e insignificante. O tal vez sólo sea cuestión de aprender a hacerlo mientras el reloj continúe en su viaje eterno hacia el futuro.
