Autor: Pablo Gracida.
Nunca hubiera podido imaginar, ni siquiera tener la más mínima idea, que era posible resguardar la ausencia. Pareciera que ya no hay nada, pero por dentro lo sientes todo. Incluso aunque nuestro mundo luzca tan diferente, muy poco ha cambiado. No, no sabía que era posible –irónicamente– quedarse con la falta de quien no pudo quedarse.
Es tanto el asombro ante la manera en la que este espacio se ha ido deteriorando con gran rapidez desde tu partida. Las paredes se entristecen, la luz sabe que no es un buen momento para abrumar la oscuridad, y el sonido de tu existir cada día pretende hacerme creer que aún continúas aquí. Como si nada hubiera cambiado. Como si todo hubiera cambiado.
El dolor causado al interior de mi alma por la despedida que tuvimos es tan distinto al dolor que se hace notar en los parámetros físicos del exterior, de lo que dejaste intacto, de lo que espera verte volver y de aquello que resiente tu partida tanto como yo, aun si lo inerte es su primera característica.
Las batallas que vivo en mi habitación, se viven tan diferentes al cruzar la puerta y observar un pasillo que se alarga entra la soledad y la nostalgia, y ni siquiera he llegado a la batalla final de salir de esto que por tanto tiempo consideraste tu hogar. Yo sé que no era tu intención partir, y que no hubiera estado en tus planes dejarme enfrentar a una vida en la que tú ya no estarías más. Me rodean y me lastiman tantas preguntas, que incluso no sé si debo buscar las respuestas o tratar de sumergirme en teorías que explican lo inexplicable. Ha sido sumamente complicado, y no considero que el ambiente vaya a mejorar en un tiempo cercano.
Despierto pidiéndole al cielo que todo haya sido un muy mal sueño, que podremos seguir viviendo tantos momentos mágicos y que este horrible capítulo sólo fuera una ligera advertencia de lo que nunca tendría que pasar. Cabes en absolutamente cada rincón por muy pequeño que éste sea, y continúas presente a modo de recuerdo durante cada segundo del día; durante cada segundo de la noche; durante cada segundo que mi cuerpo muestre signos vitales, aun cuando el alma está incompleta con el gran pedazo que decidí entregarte en esa última despedida.
Duele mucho sólo sentirte y no poder verte. Jamás hubiera imaginado que la ausencia no se va. Cuando algo desaparece, como consecuencia deja el dolor y la tristeza. Y lo que no está presente, encuentra la manera de quedarse. ¿Quién diría que aquello que tanto provoca dolor, es lo que permitirá refugiarse en ti para salir adelante? Los buenos momentos que hoy duele recordar, mañana serán los motivos más grandes para sonreír al pensar en ti, y al llevar mi mente a ese lugar y tiempo en donde no sabía que el final sería escrito de esta manera.
Fue demasiado el tiempo que viví con el miedo de que esto sucediera, y no diré que ello me atormentó para no disfrutarlo. Sólo diré que al menos de aquí no te has ido, y que tu ausencia dejará una huella para la eternidad.
