WALKIE: EL INICIO

Autor: Neverluke.

SINOPSIS:
Al poco tiempo de haber terminado su relación con Sofía, Leo acepta el consejo de su mejor amigo sobre tomarse un necesario descanso para acomodar y reflexionar todo lo que está sucediendo en su vida luego de haber concluido la universidad.
Una cabaña en las afueras de San Buenaventura parece ser el lugar perfecto para encontrarse con una mejor versión de sí mismo. No necesita estar en contacto con el mundo exterior por salud mental.
La señora Aguilar, dueña de esa agradable cabaña, sólo podrá comunicarse con su inquilino mediante un ‘walkie-talkie’. Pronto, Leo descubrirá que no es la única persona con quien puede comunicarse.

Capítulo 7:
Ático

Desde la habitación podía escucharse cada mínimo ruido que había dentro de la casa. Extrañamente, parecía que el sentido del oído de Leo había sido agudizado, el miedo provocaba que cualquier sonido se sintiera muy cerca de él haciendo que los escalofríos recorrieran todo su cuerpo.

El canto de Timmy comenzó a sonar desde el pasillo, y Leo sólo retrocedía hacia el lado contrario de la puerta de la habitación sin querer salir de ahí.

–¡Leo!

Se escuchó la voz de Timmy en la lejanía. Y con mucho temor, Leo respondió al identificar que el sonido se escuchaba más allá del techo del pasillo.

–¿Estás en el ático? –preguntó Leo con una voz entrecortada y con ritmo muy lento.

–Sí –respondió Timmy a través del walkie-talkie que Leo sostenía con su mano.

Caminó hacia la puerta, y con un ligero suministro de valentía, abrió para asomarse al pasillo. Alcanzando a ver perfectamente la entrada al ático.

–Desde aquí puedo ver la entrada allá arriba.

–Sube –contestó Timmy.

–¿Todo esto acabará si te encuentro?

–Por favor, ven por mí –se escuchaba la voz de Timmy con aparente tristeza.

Leo caminó para colocarse debajo de la entrada al ático.

–¿Tengo que subir?

–Sí –dijo Timmy desde arriba.

–Responde. ¿Me dejarás libre si te encuentro?

–Sólo quiero que lo veas. Encuéntrame.

Un antiguo candelabro posicionado en una mesa muy frágil separaba las puertas de las habitaciones. Leo abrió un cajón y tomó un par de cerillos para encender las tres velas que venían. El reflejo de la luz de la luna, que entraba perfectamente por la ventana del pasillo, ayudaba un poco a que todo se viera más claro, pero bastante terrorífico.

Leo caminó en dirección hacia la puerta del ático, tomó aliento, y con un poco de dificultad logró jalar el lazo que permitió que las escaleras de maderas cayeran del techo.

El walkie-talkie volvió a encender el foco de comunicación para dejar escuchar a Timmy.

–Sube, ven por mí.

Los pies de Leo temblaban entre la inestabilidad de la escalera y sus nervios. Dejó el candelabro en el piso del ático y terminó de subir. El polvo delató que desde hace mucho tiempo ese lugar no se abría, y un cúmulo de cajas de cartón estaban regadas por cualquier lado, además de varios objetos de la casa que denotaban la antigüedad que tenía esa cabaña.

–Ya estoy aquí –dijo Leo con mucho miedo.

La voz de Timmy sonó dentro del ático, muy cerca del oído de Leo.

–Lo sé. Te estoy viendo

Leo se espantó demasiado al oír a Timmy tan cerca, y con el candelabro intentó alumbrar el ático sin conseguir ver al pequeño niño.

–¿Qué son todas estas cajas, Timmy? –comenzó a mover varias de ellas. –¿Qué hay en todas ellas? ¿Por qué hay tantas?

La curiosidad invadió el ático cuando Leo notó que en una de esas cajas, habían  muchas fotografías.

–¿Qué… son estas… fotos? –dijo Leo lentamente. –¿Quiénes son? Timmy, ¿Quiénes son… todas estas… personas? ¿Y estos… niños?

–Todos –se escuchó la voz de Timmy a pocos centímetros.

–¿Todos? ¿Cómo que todos? –preguntó Leo.

Muchas fotografías en blanco y negro dejaban ver a disintos niños reunidos en grupos, la vestimenta le provocaba muchos escalofríos a Leo, ropa larga y desgastada, pero sin duda lo más terrorífico eran las miradas de las personas. Leo intentaba poner más atención en los detalles de las fotografías, pero aquellas miradas lo hacían sentir como si en realidad estuvieran todas esas personas en la habitación observándolo.

–Timmy, ¿la señora Aguilar sabe de esto? –preguntó intrigado. –Son demasiadas fotos. ¿Conociste a todas estas personas?

–Sí –se escuchó en un susurro.

De pronto algo llamó la atención de Leo en una de las tantas fotografías. Su rostro se tornó pálido, y su mirada dejó saber lo grave que era todo lo que estaba sucediendo.

–Esta foto. Timmy. Esta foto… ¿eres tú?

El silencio dejó que el ambiente se volviera aún más macabro.

–Timmy, responde –insistió. –¿El de esta fotografía eres tú?

–Sí. Cuando vivía.

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