WALKIE: EL INICIO
Autor: Neverluke.
SINOPSIS:
Al poco tiempo de haber terminado su relación con Sofía, Leo acepta el consejo de su mejor amigo sobre tomarse un necesario descanso para acomodar y reflexionar todo lo que está sucediendo en su vida luego de haber concluido la universidad.
Una cabaña en las afueras de San Buenaventura parece ser el lugar perfecto para encontrarse con una mejor versión de sí mismo. No necesita estar en contacto con el mundo exterior por salud mental.
La señora Aguilar, dueña de esa agradable cabaña, sólo podrá comunicarse con su inquilino mediante un ‘walkie-talkie’. Pronto, Leo descubrirá que no es la única persona con quien puede comunicarse.
Capítulo 1:
La llamada.
Una pequeña bolsa de plástico, con residuos del pan que alguien ya había ingerido, recorría las calles de San Buenaventura a causa del característico viento que cada mañana se hacía presente. El sol ya provocaba su brillo inigualable, y a pesar de todo lo que ocurría en esas calles, cualquier persona se hubiera sorprendido de la cantidad de tiempo que llevaba aquella bolsa merodeando por el pavimento, pero nadie parecía prestarle atención.
Un semáforo en rojo anunciaba una mezcla confusa de sentimientos entre tantos conductores; desesperación por llegar temprano al trabajo, tranquilidad por escuchar una canción favorita en la radio, molestia por las decisiones que tomaba quien conduce el automóvil de adelante, o cualquier otra sensación que pudiera tenerse durante el tráfico habitual.
Alrededor, la gente caminaba con prisa rumbo a cualquier destino matutino, pero cada quien con la actitud que les había indicado su almohada al despertar. Todo lucía sumamente común, probablemente algunas personas estarían por tener un excelente día, y una enorme cantidad también se enfrentaría a eventos negativos. Sin importar si se anunciaba algo bueno o malo, los minutos en el reloj marcaban el recorrido de un día cualquiera para los habitantes de aquella pequeña ciudad que recibía a todos con las coloridas y grandes letras que conformaban San Buenaventura.
En la calle Sauces, recostado en su cama sin el mínimo interés por tenderla –ni siquiera salir de ella– estaba Leo, un chico de 23 años que la gente solía ubicar por su cabello negro que, un poco largo, le llegaba debajo de las orejas ocasionando que constantemente tuviera que acomodarlo con su mano derecha hacia atrás. Desde pequeño, los demás siempre lo habían considerado más alto para su edad; y gracias a los últimos años, disfrutaba dejar crecer su barba sin llegar a lo tupido, rasurándose al menos en dos ocasiones cada mes. Su rostro era un constante cambio entre tener barba y hacerla desaparecer cuando llegaba a lo que él consideraba un límite preciso.
Aquella mañana Leo había despertado inundado de tristeza por el suceso de la noche anterior. Su novia –aunque lo más correcto sería llamarle “exnovia”– había terminado con él luego de una discusión que permanecía vigente desde hace un par de semanas, y a pesar de su inocente intención por solucionar las molestias de su pareja Sofía, Leo no consiguió que aquella relación de dos años y medio continuara.
Observando el techo, su respiración parecía tranquila, se acomodó posicionándose del lado contrario al que se encontraba y tomó su celular. Eran las 9:17, y la mañana de ese martes indicaba que sería un día más de desesperación por no encontrar trabajo, aunque sus padres intentaban fingir que no les incomodaba en lo absoluto que su hijo no trabajara; ya había concluido su Licenciatura en Administración de Negocios Internacionales y se había dedicado los últimos meses –siendo “recién egresado”– a disfrutar los días con Sofía, quien continuaba estudiando la universidad.
Sólo habían transcurrido un par de horas desde la ruptura, y en la pantalla de su celular permanecía la foto más reciente que tenían juntos. Leo lo desbloqueó ingresando el número 050619 –la fecha en la que habían comenzado esa historia de amor–, y sin dudarlo un segundo, le llamó con la significante esperanza de continuar siendo novios.
El sonido de la llamada saliendo del celular provocó que el corazón de Leo aumentara desmedidamente sus latidos, y entre más segundos pasaban, un vacío y una sensación fría se apoderaban de su piel. No quería imaginar que ya no habría una oportunidad más de hablar con ella.
–¿Qué pasó? –contestó Sofía, luego de entender que Leo no se rendiría si no le contestaba. Dio un suspiro de molestia con notoriedad ante el silencio que se hacía presente, y esperó a escuchar la voz de Leo.
–Sólo quería decirte algunas cosas por lo de anoche. Voy despertando y pensé que se nos había…
–Ya, Leo. ¡Ya! Por favor. –interrumpió Sofía. La desesperación y la incomodidad se hacían cada vez más evidentes.
–Sólo no quiero que esto acabe.
–No es decisión tuya nada más. Por favor, ya.
–Pero aún podemos hacer que todo continúe, y que las cosas salgan…
–Leo –dijo Sofía con voz tranquila–, no quiero ser grosera.
Ni siquiera las respiraciones de ambos se alcanzaban a percibir durante esos próximos segundos en los que ninguno intentó decir palabra alguna.
–Ya me tengo que ir –mencionó Sofía a punto de terminar la llamada.
–Sí, está bien –respondió Leo luego de haber suspirado–. Sólo recuerda que durante estos últimos días, yo pensaba…
Pero Sofía no quiso escuchar más. La llamada había terminado.
