Autor: Pablo Gracida.

Duele el cuerpo de tanto extrañarte. Duele el alma de tanto pensar en ti. No puedo levantarme, y cada día pesa más que ya no estés. ¿Cómo le hago para salir adelante si no tengo fuerzas para continuar? Me hago más pequeño en cuanto soy testigo de la rápida manera en la que me estás olvidando. No soporto ver tu proceso eficaz de estar tan bien sin mí, y el mundo se derrumba en cuanto tengo la más mínima información de tu perfecta sonrisa anunciándole a todos que has dejado de ser parte de nuestra historia.

¿Qué diablos se cree el mundo entero haciéndote un sinfín de propuestas para contemplar tu hermoso físico? No quiero ni siquiera imaginar las veces en las que has aceptado. Y creo que la lucha más complicada es con mi mente. En estos momentos se ha convertido en mi peor enemiga. No nos dejes conviviendo solos encerrados en cuatro paredes, por favor. No pasará mucho tiempo en que todo se apague fría y cruelmente.

Pasan los días y voy perdiendo la cordura en grandes dimensiones. Me grito lo imposible que creía perderte y lo mucho que ahora duele vivir tu ausencia. La culpa me abraza intentando consolarme, pero entre llanto e inseguridades, es difícil sostenerme. Nunca imaginé el peso que adoptaría mi alma, incapaz de mantener una sonrisa por simples y escasos segundos. Nada apunta hacia una pronta recuperación y reconstruir un mundo sin ti no está dentro de mi lista de prioridades.

¿Por qué tienes que ser así? ¿Por qué rayos tienes que ser tan hermosa? Y el universo completo lo sabe. Sabe que existe una persona tan inmensamente perfecta y que su cuerpo, su rostro y su mente hacen un conjunto lleno de magia que cualquiera se quedaría totalmente indefenso ante ti. Y lo has descubierto. Creo que no es justo que no te des cuenta todo lo que atravesaba mi cabeza cada que mis ojos te admiraban. No podía mantener el control, ni la calma. Todo explotaba dentro de mí y sólo quería pasar el resto de mi vida a tu lado.

Perdón si te hago llegar palabras que te hacía saber una y otra vez, pero ya no puedo contenerlas y comienzan a lastimar cada rincón en donde intento guardarlas. Extrañarte está deshaciéndome. Y no creo que te des cuenta de lo fatal que está mi cuerpo por pensarte cada día y necesitar el remedio que me brindaba tu voz cuando los obstáculos parecían no terminar. Ya no puedo contener mis ganas de sostenerte tan fuerte y transmitirte mis ansias por hacer correr el tiempo hacia un futuro en donde estuviéramos juntos para siempre.

Tal vez no pudimos cumplir la gran mayoría de los sueños que teníamos, aunque te aseguro que me he encargado de cuidarlos. Y no, no les ha ocurrido nada desde que sólo los cuido yo. Pero todo me destruye sin el maravilloso refugio que había creado en tus brazos. Aun así, con todo el dolor que ya no puedo soportar, necesito hacerte saber que no quiero que dejes de sonreír por ningún momento. Es uno de esos recursos que me quita la vida, pero me la devuelve enseguida porque es la única razón por la que no quiero terminar de morir.

Deja un comentario