Autor: Pablo Gracida.
La oscuridad ha decidido reinar cada espacio a donde voy desde que tu luz ya no alumbra mi camino. Se fueron desvaneciendo los pequeños detalles que mantenían con vida este lugar hasta apagar por completo toda prueba de que habías sido parte de mí. De pronto cerré los ojos y por más que juraba volver a abrirlos, nunca volví a tener la seguridad de que la luz regresaba.
¿Qué tan cierto es que poco a poco puedo acostumbrarme a no recibir estímulo alguno mientras me encuentro atrapado en esta fría oscuridad? No parece que pronto vaya a existir indicio alguno de que eso suceda. Aquí nada indica que esto pueda mejorar. Y lo peor es que tu ausencia es mi única compañía durante este largo trayecto.
No sé hacia dónde voy. Cuando estabas a mi lado todo lucía más que claro. Tenía la certeza de saber la dirección que llevaba siempre y cuando fuera de tu mano. Hoy que ya no estás aquí ni siquiera logro ponerme de pie. El miedo me invade al encontrarme entre caminos tan oscuros que no alcanzo a percibir alguna señal de cuál es el correcto. Tal vez todos lo sean. O tal vez ninguno. No he aprendido a descifrar cómo funciona la vida al tomar este tipo de decisiones.
Pasé de estar en el paraíso a ser arrojado al abismo del cual no tenía ni la menor idea que existía. No sé si tú ya habías tenido conciencia de la alta posibilidad de soltarme y dejarme caer. Creo, sinceramente, que prefiero no conocer esas respuestas. Finalmente, si atiendes esas cuestiones, terminaría por suplicarte que me rescataras de este caótico lugar. Y puedo contemplar que ello no se encuentra en lo más mínimo de tu lista de opciones.
Quiero pedirte perdón por tantas cosas. Yo no quería hacer tan difícil este adiós, pero mi alma no podía detener el llanto al haber sido arrancada tan inesperadamente de ti. Sólo te pido que me des un poco de tu luz para percibir por última vez cómo era el universo cuando me querías.
Siempre había asociado los entornos silenciosos y oscuros con la tranquilidad. Después de todo no lo experimentaba en soledad, me acompañabas y tu respiración me brindaba tanta paz. No necesitabas pronunciar palabra alguna para asegurarme de que eras mi lugar indicado. Hoy me encuentro más que perdido en las profundidades de lo desconocido. El reloj se detuvo por completo. Qué ironía, tantas veces le supliqué al tiempo congelarse cuando estabas a mi lado y me hacías alcanzar el cielo. Ahora parece que se detiene siempre que pienso en ti. O más bien: se detiene porque pienso en ti, siempre.
Quiero sentir tu mano una vez más, con tus pequeños dedos entrelazados a los míos sosteniéndome fuertemente, transmitiéndome la seguridad de que nunca te vería partir. Hoy todo se ha esfumado y olvidaste dejar alguna señal de que pronto regresarías. Prometo que la he buscado incansablemente, pero no consigo obtener una pequeña pista, ni siquiera, del tiempo que durará tu ausencia.
La oscuridad se apodera de lo que alguna vez fue nuestro y me convierte en un diminuto y débil ser. No puedo enfrentarme a ella porque sería destruir parte de lo valioso que creé contigo. Y sería lo último que me atrevería a hacer. Por eso te pido que me alumbres aunque sea una última vez para poder acomodar todo nuevamente y tener la certeza del lugar en el que me encuentro. No soportaría saber que lo desconocido existía desde que estabas tú, pero nos habíamos encargado, con tanto amor, de no percatarnos.
No tardes en volver. No creo poder seguir sosteniendo yo sólo en esta cruda oscuridad, el iluminado universo que, nos prometimos, duraría para siempre.
