Autor: Pablo Gracida.
Cómo deseo que nunca hayas notado en mi mirada cuánto me dolía decir adiós. Desde siempre he detestado las despedidas, hieren en lo más profundo, y se quedan guardadas ahí, muy en el fondo de mi ser, ocasionando un caos que nunca aprendí a controlar. Pero de todas las despedidas, la tuya fue la más inesperada, nunca anunciaste que ya estabas por irte. Tal vez ni tú lo sabías. Y la herida ahí está, continúa intacta desde aquella última ocasión en la que te abracé tan fuerte teniendo la seguridad de que pronto volvería a sentir la calidez de tus brazos. Aunque también pienso que, quizá si ambos hubiéramos tenido conocimiento de que sería el último adiós, nunca nos hubiéramos soltado.
¿Sí sabías todo lo que significabas para mí? A veces la preocupación se anida junto a mi almohada por no saber si fueron suficientes mis palabras haciéndote saber lo especial que eras. Y aunque las repito cada noche, y tu alma me asegura que las escuchas, nada se compara a tenerte a mi lado, escuchando tu voz y llenando cada pequeño espacio con tu gran alegría. Porque sí, brillabas como ningún ser humano y tu luz me acompaña en cada respiración. En todas y cada una de mis respiraciones. Te lo prometo.
Ha pasado tanto tiempo, y ni siquiera yo sé cómo he logrado vivir sin ti. Te pienso en todo momento, te extraño cada vez más y el cielo me asegura que escuchas cuánto me duele que no estés aquí. Tú debes saber que no sería nada fácil vivir con tu partida e intento descifrar todo lo que tu recuerdo trata de decirme. Por favor perdóname si no he sabido interpretarlo del todo. Y es que pareciera que en mi interior sólo quedaron mil formas de extrañarte que con mucho esfuerzo he intentado convertirlas en aprender a estar sin ti. Creo que no he sido el mejor para conseguirlo.
Me acuerdo mucho de ti. Siempre. Y nada ha permitido borrar los bellos recuerdos que dejaste. Millones de bellos recuerdos y que he cuidado tanto para no olvidarlos, para siempre tenerte tan cerquita de mí, con una enorme sonrisa y con la certeza de que estarás aquí cuidándome, porque no sabes cómo me ha dolido no poder volver a abrazarte. ¿Cómo le has hecho para convertir las noches en algo tan mágico? Que mis lágrimas por recordarte, de pronto se vuelvan tranquilidad, paz, y una calma con una sinceridad precisa para hacerme saber que no todo está tan mal, y que las cosas han ido arreglándose poco a poco.
Cómo quisiera que estuvieras aquí. Cómo quisiera que nunca te hubieras marchado y nunca haberme tenido que despedir sin escuchar tu voz de vuelta. Y estoy seguro que hubieras tenido muchísimas cosas por decirme antes de partir. Yo lo sé. Todo se quedó tan roto y vacío desde que te fuiste, pero lo mucho que dejaste perdurará para siempre dentro de mí, porque las personas como tú siguen cumpliendo aún sin estar. Y yo continúo con mi promesa de dedicarte cada pequeño paso que doy. Cada pequeño paso que tú me enseñaste a dar. No se me olvida que eres parte de mí; y que dos almas pueden vivir siendo una misma. Sí. Para toda la eternidad.
